25 ago. 2009

fútbol, neoliberalismo y batalla cultural

Fútbol, neoliberalismo y batalla cultural






Ricardo Forster
Cuando se discuten los años 90 y cuando se intenta penetrar en la trama de intereses que confluyeron en el menemismo, lo primero que suele aparecer es su dimensión económica. La Argentina que emergió de esa década poco o nada tenía que ver con el país previo. En verdad, el proyecto de desmontaje del capitalismo industrial se inició con Martínez de Hoz y alcanzó su punto más alto con la convertibilidad.
El nuevo patrón de acumulación giró, en lo fundamental, hacia la lógica especulativo-financiera de acuerdo con una tendencia mundial que le daría forma a una época atravesada de lado a lado por la hegemonía del neoliberalismo.
El Estado quedó sometido a un profundo desguace al mismo tiempo que se transformaba la estructura social y se acentuaba la privatización de las empresas públicas hasta modificar de cuajo no sólo las antiguas tramas económicas sino, también, las convicciones que durante décadas tuvieron gran parte de los argentinos respecto del valor patrimonial de esas mismas empresas que, en un lapso relampagueante, se convirtieron en el ideal a demoler por "doña Rosa", figura metafórica a partir de la cual el astuto de Bernardo Neustadt hizo su contribución, para nada menor, al despliegue triunfante de la convertibilidad.
El menemismo logró calar hondo en el ánimo de una gran parte de la población sacándole una enorme rentabilidad al trabajo de horadación que cierto periodismo ejerció sistemáticamente sobre el papel del Estado, unido al descalabro hiperinflacionario de la última etapa del gobierno de Alfonsín, que aceleró el proceso de devastación del aparato productivo que habilitó el plan de Cavallo.
Quisiera detenerme en este punto. El neoliberalismo no fue sólo una mutación estructural de la economía, no sólo implicó mutilar el trabajo y desfondar a los trabajadores construyendo sobre los escombros de las conquistas sociales el discurso y la práctica de la flexibilización y del empleo basura, sino que también, y en igual medida e intensidad, buscó modificar radicalmente las formas de vida, los imaginarios sociales y los intercambios entre los miembros de la sociedad.
Se impusieron los valores de un hiperindividualismo arrasador; cristalizó un sentido común que desgarró las viejas identidades y los antiguos intercambios para afirmarse en una petición de principios dominante y excluyente: el interés personal y la lógica egoísta del rentista o de quien alucinaba con serlo y que terminó de constituirse en la materia prima, real y simbólica, del nuevo ciudadano-consumidor que fue emergiendo en el interior de la revolución neoliberal. Se trató, entonces, de una transformación que conmovió hasta los cimientos valores y convicciones, alcanzando, a su vez, las formas más elementales de la vida cotidiana y reconvirtiendo los mapas urbanos y las relaciones sociales.
Casi sin darnos cuenta, los argentinos nos volvimos extraños entre nosotros rompiendo las viejas tramas de pertenencia y de cruce para apuntalarnos en una lógica de la sospecha y del encerramiento.
Para decirlo con otras palabras: el viejo ideal –que ya venía en picada desde los setenta– de la Argentina integradora, del crisol social, de la movilidad y de la solidaridad desapareció no sólo en el plano material sino, y eso sería trascendente, también en el plano cultural, allí donde se definen los componentes básicos del sentido común (otra desaparición, diferente a la provocada por la dictadura en los cuerpos reales, pero que vino a corresponderse de un modo emblemático con ese proyecto de sociedad desagregada, rota, clasista, que se inició con la noche dictatorial de una manera sistemática pero que ya venía anunciada desde antes).
Triunfó, muy adentro de las conciencias individuales y en especial de las clases medias –que sin saberlo se convertirían en una de las víctimas de la convertibilidad aunque la siguiesen añorando cuando llegó su bancarrota como un bien espléndido que les fue arrebatado–, la ideología privatizadora.
Se festejó la llegada definitiva e inexorable, como lo decían algunos economistas en aquellos años, del mercado y de sus humores en una época que declaraba el fin de la historia y la muerte de las ideologías a manos de la globalización económica y de la democracia liberal.
Triunfo esplendoroso de la mercancía y de sus santuarios mientras eran arrojados como desperdicios de otra época todas aquellas prácticas y aquellas ideas que remitían al Estado de bienestar o que simplemente recordaban que la base de una democracia genuina debía ser no sólo el Estado de derecho sino, también y no en menor medida, la igualdad de oportunidades y la equidad en la distribución de la riqueza.
Todo quedó reducido a un amasijo anacrónico mientras lo que surgió como sentido último del progreso de la sociedad no era otra cosa que la consagración de la especulación, el individualismo y el sálvese quien pueda, asociados al relato utópico de los noventa, que encontró su meca en Miami y en el "déme dos". La figura emergente de ese giro cultural fue la del ciudadano-consumidor que comenzó a mirar el mundo desde esa misma lógica que lo inventó.
No resultó difícil imponer en el plano económico aquello que ya había penetrado en el imaginario cultural de una gran parte de la sociedad. La entrega del patrimonio público se hizo casi sin resistencias, del mismo modo que se lanzó el golpe mortal al sistema jubilatorio privatizando, a través del engendro de las AFJP, el ahorro de los trabajadores en beneficio de la máquina especulativo-financiera.
Algo semejante sucedió cuando finalmente cada segmento de la vida social y cotidiana quedó atrapada en la ideología de época, esa misma que lanzaba al estrellato todo lo que provenía del mundillo empresarial y desahuciaba todo lo que provenía de la esfera pública o estatal como una rémora de tiempos oscuros y populistas.
Al fútbol también le llegó, como era de esperar, su turno. Aquello que hundía sus raíces en la cultura popular se transformó, también de la noche a la mañana, en un enorme negocio que se sustentaba en la expropiación del derecho a seguir viendo los partidos desde la televisión abierta.
Todo lo que era susceptible de convertirse en negocio quedaba erradicado del espacio común para venir a formar parte del mercado y de sus exigencias. Silencio y complicidad de la dirigencia de la AFA, esa misma que hoy, por los cambios de circunstancia, se apresura a festejar el nuevo acuerdo con el Estado.
Silencio de la corporación mediática que se transformó en la gran beneficiaria de la privatización del deporte más popular de los argentinos. Silencio, claro, de la mayoría de los políticos que, durante años, habían contribuido a la modelación de un país vaciado y envilecido. Silencio, por solidaridad ideológica y de clase, de las entidades empresariales concentradas que siguen viendo el mundo con los mismos ojos de los noventa.
Es por eso que, aunque representen cuestiones estructuralmente distintas y de peso específico incomparable para la economía del país, tanto la reestatización de las AFJP como el regreso del fútbol a la televisión abierta constituyen dos momentos clave en la batalla cultural contra el neoliberalismo y su persistente presencia entre nosotros.
Porque de la misma manera que hablamos de una imprescindible redistribución de la riqueza es también fundamental redistribuir democrática y equitativamente los bienes culturales-simbólico sin los cuales una sociedad sigue siendo desigual. Los goles, las gambetas, los caños son la esencia del fútbol, una esencia que ahora podrá ser vista por todos los argentinos.

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