5 nov. 2009

El yo, el otro, el nosotros o la civilización & la barbarie


Interesante la recuperación, en el artículo de abajo, de Jauretche para pensar en la universalidad de su concepto de zoncera con el cual describió tan bien don Arturo las concepciones sociológicas y políticas de un sector importante de la sociedad argentina. (O mejor en la occidentalidad o la europeización del concepto del buen civilizado vs el bárbaro, feo, sucio y malo por naturaleza)

Sin dudas la idea del otro como gustaba escribir Borges, esa pavada de la cual viven los antropologos, es ciertamente universal, allí donde un grupo afirme un nosotros siempre será por contraste con un otros. (no hay otra manera, porque esa noción se construye en relaciones, historicamente dadas, no por esencias, universalmente establecidas o naturales: No existe la esencia del guaraní, del Boliviano, del argentino, del italiano, del gay, del bostero o de los villeros, del peroncho, del marciano).

El otro es siempre ese que se nos ofrece como espejo para forjar nuestros propios mitos. (Mención en homenaje a Levi Strauss que acaba de morir a los 100 años)

 Europa necesita mentar al bárbaro, para mentarse a sí misma, justificar su pasado -nefasto y glorioso, su presente -incierto y desigual- su futuro -amenazado y temido-, como ahora lo hacen cietos sectores sociales frente a nuevos actores sociales como los piqueteros en nuestro país.

Al definir nuestra identidad (o mejor nuestras identidades), siempre decimos quienes somos en contraste con un ellos.
El chiste de la identidad es precisamente ese. Somos lo que no son los otros, o lo que nos diferencia de ellos, los que están frente a nosotros, del otro lado de la frontera simbólica)

Esta lógica es universal, como lo es la actitud etnocéntrica de juzgar a los otros desde los parámetros de nuestro grupo.

En el caso de las naciones modernas desde las normas (casi escolares, casi mediáticas) que imponen los grupos dominantes, que de ese modo logran reducir las diferencias a un orden entre lo puro, lo legítimo -obviamente lo de un nosotros definido desde esa posición de poder definir quiénes somos y quiénes son- y lo impuro, lo ilegítimo, en general el extranjero, el sudaca hoy en Europa, el gringo a principios del Siglo XX o el bolita a fines del Siglo XX, o el cabecita negra de Corrientes o de Santiago del Estero que puso las patas en la fuente en el 45, en nuestro país.

¿En el de quien? ¿En el de los grupos prehispánicos? ¿El de los españoles? ¿El de los oligarcas que exterminaron a los primeros? ¿El de los grupos que se reconocen descendientes de los aniquilados y hoy reclaman derechos territoriales y son acusados de terroristas?

¿Los hijos y nietos de los "laboriosos gringos" que vinieron con su laboriosidad y mansedumbre? ¿Los hijos y nietos de los revoltosos gringos que venían con sus ideas foráneas de justicia y revolución a los cuales se les aplicó la ley de residencia de Miguel Cané? ¿Los descendientes de los desheredados cuyas condiciones de vida describió a pedido de Roca (con tanto detalle que avergüenza  por su actualidad) el catalán Bialet Massé? ¿Los migrantes que estaban ahí, invisibilizados y un 17 salieron de carnaval? o ¿los que están trabajando bajo formas de esclavitud en un taller textil del Once?

Lo interesante es ver sobre qué mitos construye cada sociedad en cada época su propia imagen constrastativa.

Cómo esta distinción entre civilizado/bárbaro (originada en la Antigua Grecia) y resignificada por la Europa que en su expansión capitalista, montada en la idea del "Orden y Progreso" implantó un sistema colonial que aniquiló sociedades por doquier y hasta se dio el gusto de producir varios holocaustos en su propio seno y sobre todo en los otros continentes. Esa Europa que instauró sobre bases pseudocientíficas la idea de la superioridad racial como justificación de sus conquistas, etc.  Ahora se le cuela la noción de superioridad cultural.

Para que la alteridad, ese inevitable contraste con el otro no nos altere, debemos aprovechar la posibilidad de relativizar, es decir reconocer el carácter arbitrario y convencional de los valores y esquemas de percepción propios y ajenos.

Pero, ojo, el reconocimiento de las diferencias "culturales" que el reconocimiento de esos arbitrios implican no nos debe llevar a justificar o deslindar la reponsabilidad respecto a las desigualdades que la propia sociedad occidental, su régimen capitalista de relaciones de producción y consumo han instaurado globalmente.


Las migraciones a Europa son el efecto de eso.

Habrá que hacerse cargo de la fiesta neoliberal aquí y acullá sin la intervención de la UCEP.


Saludos a todos nosotros y a los otros.



 










Hernán



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El mundo  |  Jueves, 5 de noviembre de 2009
Opinión

Zonceras en el ciberespacio

Perdón don Jauretche que lo traiga a colación así nomás, ironía del destino que desde las Europas en el tercer milenio sus lúcidos análisis sobre la identidad nacional reaparezcan sobre el tapete, bueno, en realidad sobre un cibertapete.
El 2 de noviembre por la mañana el ministro de la Inmigración de Francia, Eric Besson, abrió oficialmente un debate nacional sobre la identidad francesa con la puesta en línea de un sitio en Internet: http://www.debatidentitenationale.fr
Allí todos los franceses pueden dejar sus reflexiones que irán siendo recogidas y discutidas hasta el 31 de enero. Seguidamente, una síntesis de todo lo escrito en el sitio y lo debatido en reuniones que se organizarán en las prefecturas con parlamentarios, organizaciones sindicales, docentes, alumnos, padres, representantes religiosos, etc., será presentada por el ministro durante un coloquio nacional que terminará el 4 de febrero.
El objetivo es, según dijo el ministro Besson, “hacer surgir acciones que permitan reforzar la identidad nacional francesa, reafirmando los valores republicanos y el orgullo de ser francés”.
La idea es muy buena, una novedosa conjunción de medios digitales y de participación ciudadana y fue calurosamente recibida: para después del almuerzo el sitio tenía ya tres mil contribuciones. El tema de la identidad nacional, que hasta ayer parecía un reliquia sesentista, estaba en todos los canales de televisión, diarios, blogs, reuniones de café y ambientes intelectuales. Es algo maravilloso, me dije, y me dediqué apasionadamente a leer los mensajes en el sitio y a escuchar debates en televisión y comentarios de las radios en vivo.
Ante la impactante recepción, en los ámbitos gubernamentales aceleraron los tiempos y empezaron a mostrar el cuchillo bajo el poncho: el Ministerio de la Inmigración decidió lanzar un debate que tendrá lugar el 24 de noviembre y cuyo tema central será el aporte de la inmigración a la identidad nacional, donde se proponen, entre muchas otras posibilidades, la institucionalización de un “contrato de integración republicana”, un “contrato con la nación” o incluso un “padrinazgo republicano” para los extranjeros que residan o deseen residir en Francia.
Cuando llegué a este punto en la lectura de la marea de contribuciones en el sitio oficial por parte de miles de internautas que critican la falta de civilidad de la vecina que lleva el velo islámico, del su-damericano que escucha música fuerte, del transexual que se maquilla demasiado o del rumano que, como todos saben, es ladrón, la novedad de la consulta social utilizando medios informáticos y presenciales fue dando lugar a una gran incomodidad, y entonces, del fondo de mis recuerdos argentinos se me apareció el viejo luchador, y le dije: Usted en su maravilloso Manual de zonceras argentinas nos decía que todas las zonceras (me perdone si las defino como conceptos socialmente instituidos más allá de todo sustento lógico o moral) nacían de una “zoncera madre”: la dicotomía sarmientina entre civilización o barbarie.
Por supuesto, hay quienes en el sitio aprovechan para recordar que la civilidad requiere la protección de desocupados, de los marginados y desprotegidos, de los desplazados de sus patrias, de los que sienten que la vida sin producir no tiene sentido y se suicidan.
Pero la fuerza de la dicotomía se impone, el debate ha abierto una caja de Pandora de cosas que estaban implícitas: tenemos como bárbaros a los negros, los musulmanes, los europeos del este, los sudamericanos, y ya que estamos, a las familias monoparentales y las no heterosexuales. Además, todos los que actúan y se preocupan por las discriminaciones en organizaciones o movimientos vienen acusados de “comunitarismo”, es decir, de hacer rancho aparte y no aceptar los valores nacionales y todo ello dentro de un discurso que dice que estos valores se deben unir a los principios republicanos de liberté, d’égalité, de fraternité.
La zoncera madre de todas las zonceras, de nuevo, sólo que ahora la discusión se amplió a nivel planetario: Identidad y civilizado como lo que es idéntico a mí y bárbaro o ajeno lo que no lo es... Gracias, don Arturo.
* Consultora lingüística y documental en Europa y docente online de la Cátedra de Tecnologías en Comunicación Social de la Facultad de Periodismo de la UNLP.
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1 comentario:

  1. muy bueno.
    Re interesante. Sobre todo la foto del autor.
    una admiradora de Mundo REdondo

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